EL PESO, REFLEJO DE LO QUE NO MENCIONAMOS
El peso mexicano cerró 2025 como una de las divisas más apreciadas del mundo. Registró una apreciación anual de 13.52%, un desempeño que no se había visto desde que el país adoptó el régimen de libre flotación en 1994. Ese dato debería haber generado más conversación de la que generó. Porque un año después, el peso cerró la primera semana de junio de 2026 con una depreciación del 1.1% frente al dólar, ubicándose en 17.47 pesos.
El ingeniero y exponente de este día, Fernando Padilla Farfán, abrió esta conferencia con una pregunta que nadie en la sala esperaba: ¿Cuándo fue la última vez que tomaste una decisión financiera sin revisar primero cómo estaba el dólar?
Una moneda que no cae, pero tampoco convence
Hay dos formas de tener problemas con el tipo de cambio. La primera es la devaluación clásica: brusca, visible, noticiosa. La segunda es más difícil de nombrar. Es cuando la moneda se estabiliza, pero nadie termina de creerle.
México está en la segunda.
El peso inició 2026 con relativa estabilidad. Pero ese dato coexiste con algo que los números no capturan bien: Una desconfianza de fondo que se expresa no en movimientos abruptos sino en decisiones que no se toman. Inversiones que se posponen. Ahorros que migran a dólares no porque haya pánico, sino porque hay duda.
Lo que mueve al peso que no sale en los reportes
El ingeniero Fernando Padilla Farfán dedicó un momento importante a algo que los modelos econométricos tienden a subestimar: El peso reacciona a narrativas, no solo a datos.
Cuando hay confianza en la economía mexicana, el peso se fortalece. Cuando hay incertidumbre, se deprecia. Eso suena obvio hasta que uno entiende lo que implica: Que la moneda es en parte un agregado de expectativas colectivas. Un promedio ponderado del optimismo nacional.
Y ahí está el nudo.
Para 2026, los factores de riesgo sobre el peso incluyen la revisión del T-MEC prevista para julio, la postura del Banco de Japón sobre tasas —que condiciona el carry trade hacia el peso— y la capacidad de México para mantener disciplina fiscal bajo presión. Ninguno de estos factores es apocalíptico por sí solo. Pero todos empujan en la misma dirección: hacia la cautela. Y la cautela acumulada tiene un nombre más preciso: parálisis razonada.
“No hemos dejado de movernos”, dijo Padilla. “Hemos dejado de apostar.”
El emprendedor que decidió no hacer nada
Fernando Padilla Farfán no habló de quienes no pueden emprender. Habló de quienes pueden y eligen no hacerlo. Personas con capital suficiente, con redes establecidas, con ideas probadas, que después de hacer los cálculos deciden quedarse donde están.
No es cobardía. Es una lectura del entorno que Padilla se negó a juzgar, pero sí a normalizar.
Porque cuando ese perfil se multiplica, el efecto no aparece en el PIB de inmediato. Aparece en la ausencia de empresas nuevas que nadie registra, en mercados que no se renuevan, en una economía que se vuelve progresivamente más rígida sin que nadie haya tomado una decisión dramáticamente mala.
El 2025 fue el año de resiliencia para el peso. El 2026, dicen los analistas de Banco Base, será el año de la estrategia y la cautela. Fernando Padilla agregaría un tercer elemento: el año de la honestidad sobre lo que estamos esperando y por qué.
Lo que la moneda no puede resolver sola
Las proyecciones sitúan el tipo de cambio entre 17.4 y 20.3 pesos por dólar durante 2026.
Pero Padilla fue explícito en algo que las proyecciones no dicen: Una moneda estable en un país sin convicción de futuro no produce inversión. Produce ahorro defensivo. Y el ahorro defensivo es lo opuesto al capital productivo.
El peso no está fallando en su función técnica. Está revelando algo sobre la función del país: Su disposición a imaginar que lo que viene puede ser mejor que lo que hay.
Mientras esa disposición no se recupere, el tipo de cambio puede ser perfectamente manejable y aun así no mover nada relevante.
Fernando Padilla Farfán cerró sin receta ni culpable. Solo con la imagen de alguien que revisa el tipo de cambio cada mañana antes de tomar cualquier decisión, como si el dólar fuera el termómetro con el que México mide su propia temperatura.
El problema no es revisar el tipo de cambio.
El problema es que nos hemos acostumbrado a que esa revisión sustituya a la estrategia.


