EDUCACIÓN PARA LA SEXUALIDAD: BASE PARA EVITAR POLÉMICAS SOCIALES, LEGISLATIVAS Y RELIGIOSAS (parte 1)

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Temas que desde hace décadas están en el debate público, como las relaciones sexuales tempranas, liberación sexual, anticoncepción, embarazos no deseados, violencia sexual, aborto, nuevas identidades, etc., y todo lo que se deriva de ellos, que, en nuestro país, se han presentado como un dilema entre lo moral, lo legal y lo religioso, están vinculados de origen con un tema elemental: la educación sexual.

Y no se puede polemizar o argumentar sobre los mismos, si no se lleva el análisis, a las explicaciones de los conocedores del tema y sus aristas: médicos generales y ginecólogos, psicólogos, psiquiatras, sexólogos, terapistas de familia, juristas e investigadores sociales, que han estudiado los comportamientos de los jóvenes, así como los casos que llegan a las consultas, a las salas de emergencia hospitalaria, las clínicas o a los juzgados.

Y hoy que en nuestro Estado (Veracruz) se vanaglorian del “éxito” obtenido, después de que el Congreso local aprueba, el pasado 20 de Julio, la despenalización del aborto (hasta la semana 12), bien vale preguntarse, -señoras y señores diputados-, ¿también se legislará sobre la necesidad de educar sexualmente a la niñez y juventud veracruzana y a los padres de familia en adelante? Porque todo cambio debe ir aparejado -de manera urgente- con medidas preventivas y de intervención para los casos extremos que la propia ley no prevé, particularmente porque estamos hablando de la salud y vida de los jóvenes, por ser las poblaciones de mayor riesgo en estas prácticas abortivas.

Y es que, los altos índices en niños y jóvenes veracruzanos de embarazos no deseados, abortos, violencia sexual, suicidio por causas emocionales, represión patriarcal o desatención paterna sobre los temas del sexo, entre otros, no son una “perita en dulce” para quienes tienen que responder por ello:  padres de familia, gobierno (en sus sectores de salud, educación y justicia) y sociedad, principalmente.

Por lo tanto, hacer un análisis del tema, no es cosa fácil, sin embargo, trataré de dar una visión de estos- limitada en función del espacio permitido para un artículo-, pero pretendiendo poner en la mesa- y lo recalco-, que la razón de todos los problemas antes citados está relacionada con la deficiente información que tiene la población mexicana acerca del buen ejercicio de la sexualidad. Es decir, la escasa educación sexual de la que hemos sido provistos en la vida, independientemente de la generación en la que se haya nacido.

Luego entonces ya entrados en tema, revisemos algunos conceptos y hagamos algunas reflexiones.

La sexualidad. A ésta la debemos tomar en sus dos acepciones. La primera, como el conjunto de condiciones anatómicas, fisiológicas, psicológico-afectivas definidas por el tipo de sexo con el que se nace. La segunda, desde el punto de vista histórico-cultural, que conjuga emociones, estereotipos de respuesta y de prácticas asociadas a la atracción y búsqueda del placer sexual, y que cada individuo las adopta en base a sus aprendizajes y experiencias, en todas y cada una de las etapas de desarrollo de vida.

Juan Luis Alvarez Gayou[1], uno de los más importantes sexólogos mexicanos, afirma que: “la sexualidad está presente en todos los seres humanos, está constituida por factores psicológicos, sociales y biológicos inherentes al ser sexual. A diferencia de lo que sucede en la mayoría de las especies animales no racionales, en el humano la sexualidad no es un instinto; se trata de un impulso, lo que la hace modificable, controlable e incluso susceptible de un proceso educativo en cuanto a su vivencia y ejercicio”. (Álvarez Gayou, F.L.1979). El razonamiento de Álvarez infiere que la sexualidad al ser impulsiva, la hace susceptible de ser controlable y manejable, si a la persona se le proporciona la información o educación requerida.

En lo que se refiere a la conducta o comportamiento sexual, se puede entender como la forma en que actúa y responde un individuo-independientemente de su edad, sexo y condición-, como producto de los cambios de la naturaleza, los aprendizajes sociales, creencias, normas y actitudes que han influido en éste y que definen su forma de percibir y/o ejercer su sexualidad.

En el caso de la Educación para la sexualidad, aunque el concepto es muy claro en su definición, en la actualidad se ha ido modificando, logrando la aceptación de otros aspectos que antes no estaban considerados. Fernando Barragán Medero[2] , la concibe como: “el proceso de construcción de un modelo de representación y explicación de la sexualidad humana acorde con nuestras potencialidades con el único límite de respetar la libertad de los demás, y en este sentido es necesario analizar críticamente los fundamentos de los modelos que se nos proponen, contrastar diversos modelos, conocer otras culturas y la propia historia del conocimiento sexual”. (Barragán, F., 1999). La posición de Barragán, da relevancia a los modelos que explican la sexualidad, debiendo abrirse al análisis de diferentes posiciones críticas, para poder contrastar los modelos, culturas y conocimientos al respecto.

Luego entonces el comportamiento sexual, se nutre de toda esa gama de conductas, actitudes, creencias culturales respecto al sexo. Por ejemplo. Si se ha aprendido y/o se cree que las relaciones sexuales son sanas, oportunas, agradables, enriquecedoras y satisfactorias, probablemente se adoptará en la vida una actitud proactiva y positiva hacia la sexualidad. Pero, por lo contrario, si se tiene una idea de que la sexualidad alude a comportamientos sexuales erróneos insatisfactorios, insanos, pecaminosos, conflictivos e incluso delictivos, -derivado de la desinformación o modelos equivocados vivenciados -, el resultado será que la persona la conciba como algo malo, dañino, que se practique por curiosidad, moda u obligación, sin que en ello medien sentimientos y valores. El no recibir orientación adecuada y oportuna, puede llevar a los extremos: a adoptar una actitud insegura, prejuiciada, incluso de rechazo al ejercerla o a tomarla como una forma de desahogo sin mediar formas de respeto a sí mismo y hacia otros.

Y es cierto, debemos reconocer que mucho de los conceptos equivocados sobre la sexualidad, en especial de las mujeres mexicanas, se debió al tipo de educación que éstas recibieron en el pasado, pues históricamente se les excluyó del conocimiento de los temas relacionados con la misma por considerarlos inapropiados, -tanto en la casa como en la escuela-, y eso derivó en tabúes que marcaron en algunas, para siempre su comportamiento sexual.

Pero ello empezó a cambiar, a raíz de los movimientos juveniles mundiales de los años 60 a 70, en donde los jóvenes iniciaron una revolución contracultural, es decir, contra lo impuesto por las normas sociales y políticas de sus países. La revolución Hippie, hizo que los jóvenes (mujeres y hombres), adoptaran sus propias expresiones: en la forma de vestir, de divertirse- que en algunos casos cayó en el extremo de las drogas-, de manejar sus emociones y en su sexualidad. Comportamientos que, en su momento, les costaba trabajo aceptar a quienes pertenecían a los grupos tradicionalistas de la sociedad. En el caso México, el propio gobierno, tuvo que generar una política social de orientación a padres de familia que llevó incluso a tocar los temas de planificación familiar a fines de los 70 e inicio de los 80. La intención era clara, la sexualidad sin límites aunado a las adicciones también venía a provocar otro tipo de problemas en la sociedad. Y es cuando el gobierno empieza a pensar en el tema educativo.

De hecho, la educación sexual en México se inicia en 1974 siendo un acontecimiento pionero en América Latina en ese momento. Los temas de pubertad y reproducción humana se empezaron a abordar en el sistema educativo, a partir del quinto de primaria, mientras que, en la secundaria y preparatoria se tocaban temas como la prevención de embarazos y las infecciones de transmisión sexual (ITS). Pero esta política gubernamental no estuvo exenta del rechazo, pues generaba fuerte polémica entre los padres de familia y los grupos religiosos, incluso en diversas entidades se provocaron quema de libros de texto gratuito y hubo que sutilizar la política para no dar marcha atrás, optándose porque los temas se ventilaran separando los grupos de hombres y mujeres para darle a cada grupo su propia orientación[3]. Realmente eran pocas las entidades donde los temas se desarrollaban frente a grupos mixtos.

Continuará en la próxima.

[1] Alvarez Gayou, J.L. (1979), La educación profesional de la sexualidad, una necesidad impostergable en México. http://www.quadernsdigitals.net/datos_web/hemeroteca/r_24/nr_288/a_7559/7559.html

[2] Barragán M. Fernando, “Programa de educación afectivo-sexual. educación secundaria”. I. Sexualidad, educación sexual y género. Consejería de Educación y Ciencia del Instituto Andaluz de la Mujer.

[3] Rodríguez G. Treinta años de educación sexual en México. En: Mícher ML, editora. Población, desarrollo y salud sexual y reproductiva. México: Grupo Parlamentario del PRD Cámara de Diputados Congreso de la Unión LIX Legislatura; 2004. p.13-28