Tierra de Babel Por: Jorge Arturo Rodríguez/ La espía que me amó

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Benjamín Franklin dijo que el hombre espía en la casa de los pobres, pero si la habitan personas trabajadoras, no se atreve a entrar. Palabras que tal vez hoy resultan anacrónicas, puesto que nadie vigila a los pobres y sí mucho a la gente trabajadora y a otro tipo de personas que podría hacer daño al sistema imperante y a los intereses de un puñado de vivales. Y bueno, espiar no es nuevo ni es exclusivo de unos cuantos. Espiamos todos y ahora más. El problema es por qué y para qué espiamos. Recuerdo que hace muchos años espiaba a mi prima cuando se bañaba y no les doy detalles pero no pasaba nada, sólo mirar, y ni siquiera le hacía daño a terceros. Espiaba también a mi maestra y a mi novia, claro. Unos compañeros hasta llegaron a espiar a sus hermanas, según me contaron. Incluso dicen que Dios y el Diablo se andan peleando y nos espían. Finalmente, según la Real Academia Española, espiar es “acechar, observar disimuladamente a alguien o algo; intentar conseguir informaciones secretas sobre un país o una empresa”.

Ahí están las expresiones y los miedos: “hasta las paredes oyen”, “pájaros en el alambre”, “un mundo nos vigila”, “no alces la voz, nos pueden oír”, “parece que nos están espiando”, etc., lo cual aumenta con la tecnología y tantos inventos que nos reducen a nada, a ser espiados pero no expiados: todos somos culpables o, al menos, sospechosos.

El asunto se agrava cuando los fines de espiar se desvirtúan, cuando el objetivo es dañar, cuando se trata de chingar al prójimo nomás porque friega con sus comentarios, opiniones y actos; alborota a la gente y, bueno, lo que todos sabemos: busca la verdad, la transparencia y alza la voz porque sencillamente quiere justicia, pa’ los pobres y pa’ quien trabaja con honestidad. Quizás aquí tenga razón Benjamín Franklin, después de todo. Son la gente pobre y trabajadora a los que hay que espiar, porque luchan por otro mundo, otra sociedad, otro gobierno, otra vida, otro saludo de mano de verdadera amistad, sin envidias ni traiciones ni avaricias, lo más cercano al cielo terrenal, a la utopía de la hermandad, al respeto, la tolerancia y la no discriminación. Al amor. Quizás es pedir mucho ante un mundo enfermo de maldad, pero hay que intentarlo, y no sólo lamentarnos.

Sin embargo, no podemos dejar de decir que las muertes van y las muertes vienen. La violencia en México se acrecienta. A todos nos puede pasar. El deterioro de la sociedad es cruel: aquí a un costado está la miseria, el abandono, los asesinatos, robos, extorsiones, secuestros y un chingo etc. Y hay que decirlo, mínimo, si no… ¿Todos estamos embarrados?

Yo me quedo con la espía que me amó…

 

Los días y los temas

 

Va duro la diputada Maryjosé Gamboa Torales. En sesión del pasado martes 20 de junio, presentó la iniciativa de Ley de Uniones de Hecho del Estado, para regular el acto que se constituye cuando dos personas físicas mayores de edad con capacidad jurídica plena, se unen afectiva, estable y públicamente al establecer un hogar común y asistencia mutua.

De aprobarse, dijo, con esta ley las políticas públicas facilitarán la implementación de las normas, reglamentaciones establecidas y que éstas sean aplicables para la diversidad de género. Bien. La legisladora pone su gota de agua para formar arroyos, ríos, mares, océanos. Bueno, otros ponen su granito de arena…

 

De cinismo y anexas

 

Séneca –ya casi nadie lo leen- escribió que “no tenemos poco tiempo, sino que perdemos mucho”.